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martes, 3 de marzo de 2009

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Que bonita es la desnudez, que comunicante. Que gratificante es ver la verdadera cara de una persona debajo del maquillaje y que apasionante descubrir las curvas de una mujer cuando quedan libres. Pero que frustración se sufre cuando una mujer se empeña y se “requetempeña” en no quitarse ni siquiera un guante, o aún peor, cuando alguien le obliga a no despojarse de ninguna prenda o incluso se le colocan más artificios.

Pues esto creo que representa uno de los mayores males de toda la historia. La obsesión de dar colorete, de ponerle una camisa nueva a la realidad, una visión casi siempre impuesta por unos modistos que no nos permiten deleitarnos con la contemplación de un cuerpo sincero. Y esta obsesión de enmascarar las cosas la sufrimos y formamos parte de ella todos, desde los dirigentes del Vaticano, hasta el presidente de la comunidad de vecinos. Todos queremos ponerle a ese cuerpo desnudo nuestra prenda para hacernos con él, queremos imponer nuestro matiz a la totalidad de las cosas que pasan por la vida y sinceramente, creo que es un acto de lo más natural. Pero lo enfermizo llega cuando en vez de intentar colaborar con los demás modistos, unos ya consagrados y otros que vienen achuchando fuerte desde abajo con sus nuevas maneras, nos obsesionamos con querer hacer la vestimenta de arriba a abajo, con querer darle solo nuestro toque a tal obra de arte.

Este egoísmo que normalmente se muestra, me impide colaborar en muchas cosas que me gustarían por tal de no alimentarlo más. ¿Por qué a una conferencia que habla sobre el conflicto palestino-israelí tiene que venir marcada con el logotipo de izquierda radical de no se qué?, ¿por qué a un acto bondadoso como dar de comer a un sin techo, tiene que ser tarea única de organizaciones caritativas cristianas? Seguramente porque en cada colectivo que organiza una actividad se concentran personas que están más identificadas con la causa que protegen, pero me cuesta hacerme a la idea de que todo el defensor de esta idea vaya vestido también con la ropa de ese colectivo, me cuesta pensar que no hay gente que se considere humana por encima de sentirse partidario de una tendencia política, una religión o un país. Seguramente habría mucha más colaboración (probablemente aquí pecare de utópico) si se trabajase desde la cooperación, si fuésemos capaces de colaborar en la confección del traje, lo que nos ayudaría seguramente a poder quitarlo sin que se atranque la cremallera, cuando queramos llegar a una visión más natural de la realidad.
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